El ciberacoso es una forma de acoso moral definida por el artículo 222-33-2-2 del Código Penal francés: « el hecho de acosar a una persona mediante comentarios o comportamientos repetidos que tengan por objeto o por efecto una degradación de sus condiciones de vida ».
Hace algún tiempo, tuve la idea de volver a contactar a dos viejas amigas que no veía, por razones ajenas a mi voluntad, desde hacía más de veinte años. Ambas eran, en su juventud, mujeres honestas y respetuosas.
Veinte años más tarde, una vive en un país pobre europeo y la otra en un país pobre latinoamericano. Yo vivo en Francia porque soy ciudadana francesa.
Un mes después, creé un grupo en WhatsApp para charlar las tres. Al principio, fue la alegría del reencuentro, éramos felices y compartíamos fotos de familia. Tres meses después, empezaron a burlarse de mis comentarios sinceros y serios, primero de forma esporádica. Después, la frecuencia comenzó a aumentar hasta que las burlas fueron cotidianas. En un momento dado, abandoné ese grupo de WhatsApp, no solo por su mal comportamiento, sino también para proteger mi integridad y mis valores.
La moraleja de la historia es exactamente lo que decía Jesús: « No den lo que es santo », como su amistad (su tiempo, sus buenas palabras y sus buenos sentimientos), « a los perros […] o a los cerdos », es decir a personas como estas dos mujeres.
Lo peor es que se dicen católicas, mientras que tienen un comportamiento demoníaco.
El acoso y el ciberacoso, en cualquiera de sus formas, son delitos. Por lo tanto, si alguna de estas mujeres, o cualquier persona relacionada directa o indirectamente con ellas, vuelve a ponerse en contacto conmigo, daré los nombres de estas dos mujeres a la policía francesa y serán castigadas, ¡porque Francia protege a todos los Franceses de los acosadores que viven en cualquier rincón del planeta, sin importar su nacionalidad!
¡Viva Francia! ¡Vivan los Franceses!